Psicólogos y coaches, ¿pueden llegar a entenderse?

Los cambios sociales, laborales y científicos actúan a tal velocidad que han conseguido redefinir con fuerza los moldes profesionales que existían hasta ahora, incluso dentro de las profesiones sanitarias. Adaptarse a corto plazo es muy difícil y los conflictos, que surgen como heridas a flor de piel, perjudican sobre todo a unos pacientes desorientados. La polémica entre los psicólogos y los coaches sobre los límites que cada cuál debería respetar es un buen ejemplo de ello…

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El Coaching es una metodología que consigue el máximo desarrollo profesional y personal de las personas y que influye en la transformación de éstas, generando cambios de perspectiva, aumentando la motivación, el compromiso y la responsabilidad. Por tanto, el Coaching es un proceso sistemático que facilita el aprendizaje y promueve cambios cognitivos, emocionales y conductuales que expanden la capacidad de acción en función del logro de las metas propuestas.

El mínimo común denominador de la discusión es que los coaches o entrenadores deben asumir que no están para diagnosticar patologías, para realizar evaluaciones y mediciones de tests psicométricos y para tratar mediante una terapia trastornos psicológicos importantes. Saben que, en esas circunstancias, tienen que referir a sus clientes inmediatamente a un terapeuta, y eso es exactamente lo que hacen profesionales como la prestigiosa coach internacional Susana García Pinto.

Según ella, hay que estar muy atentos “durante las sesiones a algún indicio de que la persona no está en plenitud de facultades psíquicas” o a “reacciones emocionales descontroladas o desproporcionadas”. La experta recuerda que esto no es opcional: se lo exige el código deontológico de organizaciones de certificación de referencia como la International Coaching Federation a la que ella pertenece.

El problema es qué ocurre cuando los entrenadores o forman parte de organizaciones que no incorporan esas normas en sus códigos o, simplemente, optan por no cumplirlas aunque perjudiquen a sus clientes. José Antonio Luengo, vicesecretario del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, afirma que “al no existir un colegio oficial de coaches que vigile las buenas prácticas, es muy difícil investigar y sancionar a quienes actúan mal”.

Como saber que profesional necesitamos en cada momento

Son muchas las personas que dudan a que tipo de profesional acudir y qué diferencia existe entre un coach y un psicólogo. Existe una diferencia importante entre un psicólogo o especialista en salud mental y un coach. Los primeros tratan patologías o se enfocan directamente en el problema que tiene el paciente, como por ejemplo depresión, abusos de drogas, pérdida de un ser querido, ruptura sentimental

Sin embargo, en el caso del coaching profesional o ejecutivo, lo que se trabajan son dificultades o retos, a nivel profesional o en el entorno del trabajo. Como ejemplos, un problema de comunicación con jefes o entre compañeros de trabajo; ponerse nervioso a la hora de hablar en público; querer cambiar de trabajo, pero sentir miedo a la hora de dar el salto; tener una mala relación con los superiores y que esto influya de forma negativa en la vida personal; sentirse “mala madre” porque supuestamente no sabemos conciliar la vida personal y profesional; no saber decir “no”; no atrevernos a pedir un ascenso; no sentirnos valorados ni reconocidos en el trabajo…El coach no da consejos, sino que ayuda a la persona a descubrir sus recursos para lograr algo.

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Competidores a tiempo completo

En realidad son dos profesionales que en numerosas situaciones podrían complementarse el uno con el otro, puesto que las personas normalmente no solemos desglosar la faceta laboral de la personal y en numerosas ocasiones atravesamos situaciones tanto en casa como en el trabajo que pueden verse afectadas en el desarrollo de las mismas.

El otro pilar de este mínimo denominador común es que los coaches consideran que los psicólogos no tienen ningún motivo para sentirse amenazados cuando se ocupan de la formación de ejecutivos en habilidades como el liderazgo, la creatividad, la comunicación, la gestión de equipos, la motivación, la búsqueda de trabajo, la marca personal o el diseño de un plan de acción para alcanzar nuevas metas laborales.

Hasta aquí todo está claro, y son muy pocos los que discuten ese pacto de mínimos que permite convivir pacíficamente a los dos colectivos. El problema –y la polémica– empieza cuando entramos en lo que se denomina el ‘Life Coaching’ (LC), que consiste en ayudar a afrontar y resolver cuestiones claves para recuperar la felicidad o satisfacción que hemos dejado de sentir en nuestras vidas.

Nueva profesión

Life Coaching es una profesión totalmente nueva y diferente. No es terapia, consultoría, asesoría, ni orientación. El Life Coaching se centra en el contexto presente del cliente que busca soluciones y resultados, ya sea en el área personal, relaciones interpersonales, y/o negocios, facilitando la proyección para conseguir una meta o visión a futuro a través de una metodología que permite al cliente descubrir sus habilidades, reconocer los obstáculos y crear un plan de acción para lograr la visión de vida que el cliente desea.

El Life Coaching engloba varias disciplinas como son la psicología de las necesidades humanas, estudios estrátegicos, programación neurolingüística, meditación, técnicas de diplomacia y negociación, entre otras, todas las cuales nos ayudan a encontrar porqué hacemos lo que hacemos y cómo satisfacemos nuestras necesidades de manera positiva o negativa, el entendimiento de esto permite promover un cambio sustentable al aclarar nuestras creencias, valores y propósitos, tomar decisiones estratégicas y llevar a cabo acciones específicas.

Indignación

El LC indigna especialmente a David Pulido, psicólogo clínico del gabinete Álava Reyes y profesor del master de Psicología Clínica del Instituto Terapéutico de Madrid, porque considera, primero, que “no tiene base científica y puede hacer daño o, al menos, no ayudar a los pacientes” y, segundo, que “no aporta nada a la terapia Psicológica cognitiva-conductual”, porque ésta también “se marca objetivos a corto – medio plazo y establece un plan de acción”. Otra cosa, concluye, “es que no hayamos sabido explicarlo bien”.

José Antonio Luengo recuerda que “los coaches de vida utilizan muchas veces metodología, conocimientos y prácticas de la Psicología sin que les exijan más formación que un curso de postgrado”. Cabe preguntarse, afirma, por qué no se les pide la licenciatura y el máster de especialización que se requieren a los psicólogos si los instrumentos que utilizan y los fines coinciden muchas veces.

El otro gran motivo de disputa entre los dos colectivos, después del Life Coaching, es que muchos coaches no están capacitados para diferenciar una patología o un problema mental complejo, terreno de los psicólogos, de algo más sencillo, de una frustración o insatisfacción de los que ellos puedan ocuparse.

David Pulido apunta que “no es nada fácil distinguir un problema aparentemente sencillo, como una ruptura de pareja, de una patología asociada a ese problema”, que no entiende por qué un psicólogo no va a poder tratar también asuntos psicológicos sencillos y que, desde luego los coaches, “con cursos de 100 horas que pueden realizarse por internet”, no están cualificados para diferenciar una patología de un problema sencillo.

La coach’ Susana García Pinto matiza igualmente que ella se centra únicamente en que sus clientes encuentren “recursos, fortalezas y creencias” que les permitan alcanzar sus metas, normalmente profesionales, y que no profundiza en ámbitos de sus vidas que no les ayuden a cumplir sus objetivos. Evita tratar cualquier “trauma” o “bloqueos emocionales”, algo que concierne, según ella, exclusivamente a un terapeuta.

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Formación y colaboración

Ovidio Peñalver, que es psicólogo y coach con años de experiencia, discrepa y afirma que las habilidades y la formación que exigen las dos profesiones son distintas aunque, por supuesto, tengan puntos en común. Por eso, los psicólogos necesitan un postgrado adicional para ofrecer servicios de coaching.

En cuanto a la otra opinión de Pulido, es verdad que los programas oficiales de formación de los entrenadores apenas dedican tiempo a enseñar a identificar una patología o un problema complejo, pero eso no quiere decir que algunos de sus alumnos no sigan formándose. Susana García Pinto ha cursado, por ejemplo, un diploma en Psicopatología y Salud y otro en Estrés y Salud, Ansiedad y Depresión por la facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Otra dificultad, apunta José Antonio Luengo es que no existe un canal de comunicación permanente entre las organizaciones de coaches y los psicólogos clínicos para que los entrenadores puedan consultar a un psicólogo hasta qué punto sus clientes presentan un problema complejo –sea o no sea una enfermedad– del que deba ocuparse un terapeuta. En su opinión, debería haberlo.

A pesar de todas las fricciones y conflictos, lo cierto es que a la mayoría de los miembros de los colectivos enfrentados les mueve la vocación de asistir lo mejor posible a los pacientes y clientes y que, a veces, éstos esperan y demandan que colaboren entre sí. En otras ocasiones, son los propios psicólogos y coaches los que pueden creer que colaborar es la mejor opción.

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