Los prejuicios que aún dominan las profesiones

Pensar que hay profesiones típicas de hombres y otras más adecuadas para mujeres es la piedra en el zapato de la paridad, que lleva, desde que la mujer entró en el mercado laboral, provocando llagas. Dejarse llevar por los clichés y pensar que un género está más preparado para mandar y otro para cuidar, por ejemplo, es la madre del cordero de la desigualdad..

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En el siglo pasado, Wilma Scott (1921-1985) se dispuso a demoler la etiqueta de género que pende de muchas profesiones con una afilada y certera frase: «Los únicos trabajos que no pueden hacer ningún hombre son ser una incubadora humana o amamantar. Y el único trabajo que no puede hacer ninguna mujer es ser donante de esperma».

Esta activista feminista estadounidense se había topado con el muro en el que se apoya la odiosa frase «esto no es para chicas» cuando estudiaba en la universidad. Wilma Scott jugaba a baloncesto y descubrió que no había liga femenina. Ella era bajita, pero rápida como pocas y, si había logrado ser capitana de su equipo sin poseer las cualidades estereotipadas que se le atribuyen a una jugadora de básquet, no iba a amedrentarse porque no hubiera un torneo femenino.

Esa fue su primera batalla. Y la ganó. El resto de su vida lo consagró a posibilitar que las poseedoras de una doble X en sus cromosomas pudieran elegir la ocupación que desearan. ¿Consiguió encestar también ese tanto? No, pero al menos fue una de las muchas que inició un partido que se sigue disputando y que tiene como objetivo que ninguna mujer ni ningún hombre se quede en el banquillo laboral.

Treinta años después

En una obra es casi imposible ver trabajar a una mujer, hasta que la construcción termina y toca limpiar. No hay ninguna cuestión física, sin embargo, que impida a un hombre empuñar una fregona y a una mujer colocar ladrillos. La explicación para Cristina Antoñanzas, vicesecretaria general de UGT, es que “nuestro país sigue siendo machista, sigue habiendo estereotipos que no se han conseguido romper”.

A pesar del salto cuantitativo que han dado las mujeres en su incorporación al mundo laboral en las últimas décadas y de que en algunos sectores como en la Justicia se haya logrado la paridad, se sigue dando una “segregación horizontal”, explica Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres. “Las mujeres se concentran en aquellas ocupaciones que tienen relación con los roles y estereotipos que tradicionalmente se les han atribuido”, dice. “Se produce además el efecto perverso de que algunas son actividades que se menosprecian porque las desarrollan mujeres” y esto, apunta, se refleja en las condiciones laborales. Se trata de profesiones que tienen que ver con los cuidados como la sanidad, la limpieza o la enseñanza, y con el comercio y la atención al público, como dibuja la Encuesta de Población Activa (EPA) del Instituto Nacional de Estadística (INE).

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La otra cara de este gráfico, aún más radical, es la que muestra las ocupaciones con más presencia masculina, algunas con menos del 1% de mujeres. Son sobre todo los sectores relacionados con la construcción y la industria.

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No solamente hay obstáculos en la incorporación laboral de la mujer, sino que vemos señales preocupantes de su participación en carreras universitarias técnicas, en un contexto en el que las estudiantes ya son el 50% de los universitarios. El retroceso que se vive en algunas ingenierías pinta un futuro pesimista desde el punto de vista del equilibrio de géneros.

A algunos hombres les gusta señalar que las mujeres no se exponen a temperaturas extremas o trabajos físicos, en la obra o soldando, en un intento de acallar cualquier denuncia de desigualdad de género en el mundo laboral. Como si no hubiese mujeres capaces y dispuestas a hacerlo, y otras que ya lo hacen y demuestran que pueden, lo que sucede es que no se ponen a trabajar en la construcción porque no las contratan. Las mujeres siguen teniendo más dificultades para acceder al mercado laboral que los hombres, pero hay sectores en los que la “discriminación” es más patente.

A las mujeres se las ha visto en esos sectores como “elementos de distorsión del clima laboral”. Desde un punto de vista histórico, cuenta la directora de la Fundación Mujeres, han encontrado siempre resistencia en profesiones que requieren uniforme, con argumentos tan frágiles como que no tenían vestuario femenino. El argumento de la fuerza también es un clásico. Las profesiones hoy en día dependen mucho más de la capacitación que del uso de la fuerza, pero hay que recordar que hace unas décadas las mujeres no podían ser carteras porque supuestamente no podían con la saca. Con los carritos la excusa dejó de sostenerse.

Una mujer que pilota un avión o un hombre ejerciendo de comadrona provocan, en algunas personas, mucha extrañeza. Y ya sea desde el rechazo o desde la enfática aceptación, se hace patente una diferencia que debería ser irrelevante. En una parte no muy recóndita del imaginario femenino sigue habiendo profesiones ‘de hombres y de mujeres’. Y casualmente las féminas salen perdiendo en esta clasificación.

“El principal problema es que las profesiones feminizadas están peor remuneradas y tienen menos prestigio social. No se espera lo mismo de una mujer que de un hombre. Desde el ámbito de la educación, por ejemplo, ya nos enseñan de forma diferencial: a los hombres se les relaciona con ocupaciones más ligadas al ámbito público de poder, como políticos, economistas y científicos.. entre otras. A las mujeres se las guía a profesiones más cercanas al ámbito privado y a trabajos que tienen que ver con el cuidado del hogar y las personas, como la enfermería, el magisterio o la atención a las personas”, explica Maria Eugènia Marín, agente para la igualdad de oportunidades de Barcelona Activa, una institución de esta ciudad que impulsa el desarrollo económico y ocupacional.

Se entiende por profesiones feminizadas o masculinizadas las que cuentan con un 80% de trabajadores de un solo género. Las encuestas le dan la razón a Marín y, pese a que mejoran año tras año, siguen constatando una aglomeración femenina en trabajos de estética, cuidado de personas y limpieza, y una masculina en los relacionados con la dirección, la ciencia y la construcción. La diferencia de salario de una profesión feminizada en comparación con una masculinizada no es cuestión baladí: puede llegar a cifrarse de unos 500 a unos 700 euros menos a final de mes.

En Barcelona Activa dieron la conferencia titulada Las ocupaciones NO tienen género, y para sostener esta afirmación y borrar las etiquetas de género, se dio la palabra a profesionales que apostaron por cargos que tradicionalmente no han sido propios de su género. Esas historias en primera persona pintaron un panorama en el que se constataba el peso de la herencia del pasado, pero también se vislumbraba una puerta abierta al cambio.

Por ejemplo, Isabel Peña, piloto de avión desde 1992, relató que había oído como unos pasajeros se quejaban del vuelo y tras verla en la cabina, comentaban: «Ahora lo entiendo todo». También recuerda a una persona que antes de empezar el viaje le preguntó si estaba preparada para hacerlo. Ella simplemente contestó: «No sé, creo que sí; si no, le aviso». El humor y la ironía han sido sus mejores armas. «Nunca me he ofendido, solo siento pena de que haya gente tan cerrada», explica Peña, que es una de las 100 mujeres pilotos de los 1.100 profesionales contratados por la compañía para la que trabaja.

Raquel Gonzalo es taxista (solo el 5% de las licencias expedidas en nuestro país llevan un nombre femenino) y las únicas personas que se han negado a subir a su taxi al descubrir su género han sido, curiosamente, mujeres. Jordi Torralbes se denomina a sí mismo «enfermera» y disfruta de su profesión en la rama de pediatría. Recuerda una ocasión en la que, al acompañar a una doctora, el paciente, mirándole, preguntó: «¿Y qué opina el médico de esto?». Gemma Solà anhelaba cambiar el rumbo de su trayectoria laboral y tras el nacimiento de su segundo hijo se hizo conductora de tranvía. «Hay empleos en los que, gracias a la discriminación positiva, se buscan mujeres y esta puede ser una buena manera para muchas de redirigir tu carrera», aconseja.

Sus testimonios sirven para esbozar un futuro perfecto que nos alejaría de un pretérito imperfecto. El problema es cuánto tiempo se tardará en alcanzarlo. Y, atención, spoiler: parece que va para largo.

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En 2016, el Foro Económico Mundial vaticinó: el año de la paridad sería el 2186. Ante el bajón generalizado que provocó la lóbrega profecía, la directora de Empleo e Iniciativa de Género y miembro del Comité Ejecutivo del Foro Económico Mundial, Saadia Zahidi, matizó la mala nueva: «Estas previsiones no deben interpretarse como conclusiones ineludibles. Por el contrario, reflejan el estado actual de progreso y sirven como llamada de atención para los legisladores y otras partes interesadas, con el fin de que redoblen sus esfuerzos para acelerar la igualdad de género».

Una llamada de atención en forma de condena de 168 años parece lo suficientemente significativa para que todo tipo de manos (ya sean peludas o sin atisbo de vello) se pongan a trabajar. Y sin etiquetas de género planeando sobre sus profesiones.

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